Para
no olvidar
Senti-mentalmente para remediarlo...
Los Rodríguez
La invitación a la fiesta de celebración del aniversario del
colegio le llegó la semana que había estado más ocupado en los almacenes.
Después de una larga época con pocas ventas y con algunas dificultades que
asumió como siempre lo hacía, en silencio y tratando de hacer fuerza para
vender más, el dinero comenzó a regresar, incluso fuera de temporada. Había estado
haciendo pedidos y revisando en internet las revistas electrónicas, leyendo acerca de qué era lo que más se estaba jugando; el negocio iba tan bien que
incluso pensó en contratar un nuevo empleado la misma mañana en que se encontró
con el sobre lacrado que alguien había metido por debajo de la puerta.
La idea de asistir a la fiesta le trajo una cantidad de
recuerdos que él tenía bien guardados, debajo de toda la rutina que había
construido en los últimos siete años. Recordó cómo había querido estudiar música
y actuación, recordó que había pensado entrar en la universidad, en cualquier
universidad, e incluso en algún momento también quiso estudiar biología. Sin
embargo, todas esas opciones que había tenido se habían reducido después de
aquel incidente con una niña de la cual ni siquiera podía recordar claramente
el apellido. Ese incidente se había convertido con el tiempo, eso lo supo desde
entonces, en el resumen de su vida en el colegio. Quizás por el incidente mismo le
pareció extraño que lo invitaran a la fiesta después de todo lo que había
pasado.
Cogió el celular y llamó a Felipe con quien habló un buen
tiempo sobre el tema. A él, por supuesto, también le había llegado la
invitación para la celebración. Fue él quien le recordó el apellido de la
niña y quien más le insistió para que
fueran, porque tenía curiosidad, y porque veía en esa fiesta una suerte de
revancha después de todo ese tiempo. En cambio, él no estaba tan seguro de
querer ir. Luego de terminar la conversación con Felipe se dijo a sí mismo que
no iría para no inquietarse, para poder concentrarse en los negocios y no
pensar en otras cosas.
Pero siguió pensando y recordando el resto de la semana.
Súbitamente se encontró una mañana, cuando entraba al local, con una niña de falda gris y de saco azul cielo que lo
miraba fijo desde el baúl de los recuerdos. Y aunque trabajó sin problemas ese
día, alcanzó a susurrar un par de veces <<ella me gustaba mucho>>,
aunque sabía que nadie lo estaba escuchando.
En las noches no podía evitar hacer un recuento parcial,
falso o tendencioso, de lo que había pasado desde que la había conocido a ella.
Además, el recuerdo de la niña fue un camino que le mostró a otras personas que
ya había olvidado; aparecieron muchos de los detalles mínimos que estaban
perdidos como algunos de los buenos amigos del colegio que nunca volvió a ver.
Sus “amigos” que no habían creído en su inocencia, y los otros —apenas unos
desconocidos que paradójicamente llamaba conocidos—, con el pasar del tiempo no
quisieron acordarse de que el colegio se había equivocado. Y los muy cercanos,
los que él consideraba sus amigos de verdad, como Felipe, no dejaban de
recordar el incidente con cierto deseo de venganza.
Recordaba el nombre de María Fernanda pero siempre tuvo
problemas para decidirse por su apellido,
aunque no olvidaba que tenía resonancias de un programa de televisión de
moda en aquella época, uno que sacaron del aire un par de años después de que él
terminara el colegio. El sábado habló con otro de sus amigos sobre el mismo
tema, podría haberle contado la historia pero tenían otras charlas atrasadas,
por eso apenas pudo mencionar dos o tres recuerdos mientras Rámiro le decía que
se animara a ir a la fiesta del colegio. De todas formas, el escenario de un
reencuentro luego de casi 12 años y la posibilidad de cuestionamientos, o la
necesidad de dar explicaciones que lo obligaban, de alguna manera, a
justificarse, a dar coherencia a la imagen que de él tenían para ponerla en
sintonía con la imagen que él tenía de sí mismo ahora; todo eso le pareció un
trabajo tortuoso y, en cierta medida, innecesario. Dudaba porque no sabía si
las otras personas recordaban el incidente tanto como él. Y él, a fin de
cuentas, dentro de todos esos descuidos de la memoria, tenía presentes sólo a
algunos compañeros que tal vez odiaba, aunque no sabía si aceptarlo
abiertamente o no.
Finalmente se dejó vencer por imágenes más solidas de su
pasado. Vio la enorme cancha de fútbol nuevamente el día que todo el lío
comenzó, pensó en Johan Jiménez y en Germán Carata. Los dos estaban enamorados
de Mafe, quizás todos estaban enamorados de ella. Esos ojos verdes manchados
con color café o sus labios chiquitos y su mentón perfecto. Era posible que
ahora ya estuviera casada o tuviera un par de hijos, como algunos de sus otros
compañeros.
En aquel entonces, sin embargo, nadie sabia su nombre, porque todos lo
llamaban por apodos. Llegó a tener casi 30 apodos. De manera que la gente lo
conocía más por esos apelativos que por su nombre real, que ya a muchas
personas no les decía gran cosa. Felipe estaba un curso más abajo y tenía
varios amigos que nunca volvió a ver después del grado, ellos también lo
nombraban con los apodos. Antes de Mafe, él se la pasaba con un tal Omar y con
Pacho, quienes todo el tiempo estaban inventando historias y hablando de
videojuegos. En esa época no tenían celular en el colegio, tampoco había
internet, así que todo se conocía a través de revistas impresas que circulaban
rápidamente en el mercado de usados.
Cambiando revistas y hablando de videojuegos conoció a
Camilo, un tipo que era medio chistoso y que, aunque a veces olía de manera
insoportable, se convirtió con el tiempo en su amigo. Él fue el primero en
ofrecerle las dichosas pastillas que se habían convertido en el detonante de
todo el problema. Se las mostró en un sobre pequeño y le dijo que no tenían
ningún tipo de contra-indicación o de efecto secundario. Recordó que lo miró
como se mira a un extraño cualquiera por la calle y fue capaz de decirle que a
él no le gustaba eso. Y no estaba seguro, sabía de mucha gente que lo hacía y
él tenía mucha curiosidad de probar. Uno de los tipos del último curso le dijo
alguna vez que se había sentido como si fuera capaz de atravesar paredes, y que
además podía sentir los colores y los sonidos con una intensidad indescriptible.
Pero él no lo había hecho, no las había aceptado ese día, ni siquiera por pudor
religioso, o porque pensara que eso estaba mal, sino porque sencillamente no
tenía el dinero y sabía que Camilo no daba nada gratis.
Desde ese día no apreció de la misma manera a Camilo,
solamente pensó en él como en un negociante más. Siempre había envidiado esa
forma que tenía de ser amigo de todas las personas, le parecía que tenía una
habilidad inimitable para caer bien, para tratar a todos los estudiantes del
colegio de manera que se sintieran como con un amigo. Trató de aprenderle algunas estrategias y eso le permitió conocer a
otras personas, pero lo más valioso fue que pudo acercarse y saber más
de Mafe.
La abordó un día, durante el recreo, como si todo se diera
casualmente, y empezaron a hablar de los profesores y de sus compañeros en el
salón. Ella miraba hacía el campo de fútbol sin prestar atención a ninguno de
los jugadores que corrían en la cancha, y hablaba concentrada, dándole valor y
peso a cada una de las palabras que usaba. Él le contó que Johan y Germán
estaban enamorados de ella. Ella se sonrió y le preguntó por ellos, porque no
los conocía bien. Él, aunque no estaba en el mismo curso, había hecho algunas
averiguaciones, le dijo que Germán era un tipo uraño que no hablaba con muchas
personas, eso era cierto; pero luego exageró un poco sus defectos, quizá porque sabía que era atractivo y le molestaba que ella lo hubiera reconocido
desde el momento en que él le dijo que ella le gustaba. Johan, por su parte, no
sólo era todo menos bien parecido, sino que, además, tenía una personalidad mucho más emocional. Solía darle puños a las
paredes del salón cuando algo no le gustaba y gritar quitándose la camiseta
cuando metía algún gol con el equipo de fútbol del colegio. Ella le dijo que
él, al parecer, era el más chismoso del colegio. Él se sonrió pero no le
confesó que esas cosas le interesaban únicamente porque estaba enamorado de
ella.
Con el tiempo siguieron hablando esporádicamente aunque nunca
llegaron al punto de considerarse los mejores amigos. Eso sucedió porque él mismo no lo permitió, ya que ese
fue el consejo que le había dado su mejor amiga, quizá su única amiga del
colegio, Julieta. Con ella hablaban siempre mientras lo miraba con sus bellos
ojos azules. Él la conocía desde segundo de primaría, y también había estado
enamorado de ella por un corto tiempo, sin embargo, después se hicieron muy
buenos amigos. Incluso parecían casi hermanos, aunque los hermanos no se tienen
esa confianza y se pelean mucho más. Los hombres de Julieta no eran pocos y algunos
le tenían celos, pero se las arreglaba para comportarse de manera que la
mayoría, al final, lo trataba como un buen amigo de la familia.
Julieta fue quien le dijo que tenía que evitar hacerse amigo
de Mafe y, además, fue ella quien le advirtió de la fama que tenía Camilo en el
colegio. Eso incluso, ahora que lo pensaba mejor, había sido mucho antes de que
Camilo le ofreciera la bolsa con pepas. Pero el orden cronológico exacto de todos los eventos, se le
olvidaba algunas veces.
Mientras que él quería ser actor para salir en teatro
—sobretodo en comedias— Julieta quería ser escritora. Aunque unos años después del maldito
incidente no había vuelto a saber nada de ella, aún se imaginaba qué podría
haberle pasado, quizás estaba como él, habría cambiado de sueños por las
circunstancias, o seguramente se había casado. Recordó que ella cuando estaba
en el colegio no quería casarse y mucho menos tener hijos, la sola idea del
embarazo le causaba repulsión y la hacía creer que las mujeres que se
embarazaban merecían cierta compasión. Para la época en la que comenzó el
incidente, ella estaba de novia con Irineo, un muchacho un poco molesto que
nunca recordaba nada. Antes él solía conversar por tres o cuatro días con
Julieta sobre el mismo tema, pero desde que Irineo los acompañaba usualmente
necesitaban recuentos que hacían tedioso cualquier momento que compartían
juntos. Por eso, y porque es molesto andar siempre con una pareja de novios por
más distantes que sean entre ellos —le dijo una vez a ella sin reservas de
ninguna clase—, dejo de frecuentar a Juli en el recreo.
II
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