jueves, 17 de noviembre de 2016

Cuento en varias partes: "Para no olvidar" Primera parte

Para no olvidar

Senti-mentalmente para remediarlo...
Los Rodríguez


La invitación a la fiesta de celebración del aniversario del colegio le llegó la semana que había estado más ocupado en los almacenes. Después de una larga época con pocas ventas y con algunas dificultades que asumió como siempre lo hacía, en silencio y tratando de hacer fuerza para vender más, el dinero comenzó a regresar, incluso fuera de temporada. Había estado haciendo pedidos y revisando en internet las revistas electrónicas, leyendo acerca de qué era lo que más se estaba jugando; el negocio iba tan bien que incluso pensó en contratar un nuevo empleado la misma mañana en que se encontró con el sobre lacrado que alguien había metido por debajo de la puerta.

La idea de asistir a la fiesta le trajo una cantidad de recuerdos que él tenía bien guardados, debajo de toda la rutina que había construido en los últimos siete años. Recordó cómo había querido estudiar música y actuación, recordó que había pensado entrar en la universidad, en cualquier universidad, e incluso en algún momento también quiso estudiar biología. Sin embargo, todas esas opciones que había tenido se habían reducido después de aquel incidente con una niña de la cual ni siquiera podía recordar claramente el apellido. Ese incidente se había convertido con el tiempo, eso lo supo desde entonces, en el resumen de su vida en el colegio. Quizás por el incidente mismo le pareció extraño que lo invitaran a la fiesta después de todo lo que había pasado.

Cogió el celular y llamó a Felipe con quien habló un buen tiempo sobre el tema. A él, por supuesto, también le había llegado la invitación para la celebración. Fue él quien le recordó el apellido de la niña  y quien más le insistió para que fueran, porque tenía curiosidad, y porque veía en esa fiesta una suerte de revancha después de todo ese tiempo. En cambio, él no estaba tan seguro de querer ir. Luego de terminar la conversación con Felipe se dijo a sí mismo que no iría para no inquietarse, para poder concentrarse en los negocios y no pensar en otras cosas.

Pero siguió pensando y recordando el resto de la semana. Súbitamente se encontró una mañana, cuando entraba al local, con una niña de falda gris y de saco azul cielo que lo miraba fijo desde el baúl de los recuerdos. Y aunque trabajó sin problemas ese día, alcanzó a susurrar un par de veces <<ella me gustaba mucho>>, aunque sabía que nadie lo estaba escuchando.

En las noches no podía evitar hacer un recuento parcial, falso o tendencioso, de lo que había pasado desde que la había conocido a ella. Además, el recuerdo de la niña fue un camino que le mostró a otras personas que ya había olvidado; aparecieron muchos de los detalles mínimos que estaban perdidos como algunos de los buenos amigos del colegio que nunca volvió a ver. Sus “amigos” que no habían creído en su inocencia, y los otros —apenas unos desconocidos que paradójicamente llamaba conocidos—, con el pasar del tiempo no quisieron acordarse de que el colegio se había equivocado. Y los muy cercanos, los que él consideraba sus amigos de verdad, como Felipe, no dejaban de recordar el incidente con cierto deseo de venganza.

Recordaba el nombre de María Fernanda pero siempre tuvo problemas para decidirse por su apellido,  aunque no olvidaba que tenía resonancias de un programa de televisión de moda en aquella época, uno que sacaron del aire un par de años después de que él terminara el colegio. El sábado habló con otro de sus amigos sobre el mismo tema, podría haberle contado la historia pero tenían otras charlas atrasadas, por eso apenas pudo mencionar dos o tres recuerdos mientras Rámiro le decía que se animara a ir a la fiesta del colegio. De todas formas, el escenario de un reencuentro luego de casi 12 años y la posibilidad de cuestionamientos, o la necesidad de dar explicaciones que lo obligaban, de alguna manera, a justificarse, a dar coherencia a la imagen que de él tenían para ponerla en sintonía con la imagen que él tenía de sí mismo ahora; todo eso le pareció un trabajo tortuoso y, en cierta medida, innecesario. Dudaba porque no sabía si las otras personas recordaban el incidente tanto como él. Y él, a fin de cuentas, dentro de todos esos descuidos de la memoria, tenía presentes sólo a algunos compañeros que tal vez odiaba, aunque no sabía si aceptarlo abiertamente o no.

Finalmente se dejó vencer por imágenes más solidas de su pasado. Vio la enorme cancha de fútbol nuevamente el día que todo el lío comenzó, pensó en Johan Jiménez y en Germán Carata. Los dos estaban enamorados de Mafe, quizás todos estaban enamorados de ella. Esos ojos verdes manchados con color café o sus labios chiquitos y su mentón perfecto. Era posible que ahora ya estuviera casada o tuviera un par de hijos, como algunos de sus otros compañeros.

En aquel entonces, sin embargo, nadie sabia su nombre, porque todos lo llamaban por apodos. Llegó a tener casi 30 apodos. De manera que la gente lo conocía más por esos apelativos que por su nombre real, que ya a muchas personas no les decía gran cosa. Felipe estaba un curso más abajo y tenía varios amigos que nunca volvió a ver después del grado, ellos también lo nombraban con los apodos. Antes de Mafe, él se la pasaba con un tal Omar y con Pacho, quienes todo el tiempo estaban inventando historias y hablando de videojuegos. En esa época no tenían celular en el colegio, tampoco había internet, así que todo se conocía a través de revistas impresas que circulaban rápidamente en el mercado de usados.

Cambiando revistas y hablando de videojuegos conoció a Camilo, un tipo que era medio chistoso y que, aunque a veces olía de manera insoportable, se convirtió con el tiempo en su amigo. Él fue el primero en ofrecerle las dichosas pastillas que se habían convertido en el detonante de todo el problema. Se las mostró en un sobre pequeño y le dijo que no tenían ningún tipo de contra-indicación o de efecto secundario. Recordó que lo miró como se mira a un extraño cualquiera por la calle y fue capaz de decirle que a él no le gustaba eso. Y no estaba seguro, sabía de mucha gente que lo hacía y él tenía mucha curiosidad de probar. Uno de los tipos del último curso le dijo alguna vez que se había sentido como si fuera capaz de atravesar paredes, y que además podía sentir los colores y los sonidos con una intensidad indescriptible. Pero él no lo había hecho, no las había aceptado ese día, ni siquiera por pudor religioso, o porque pensara que eso estaba mal, sino porque sencillamente no tenía el dinero y sabía que Camilo no daba nada gratis.

Desde ese día no apreció de la misma manera a Camilo, solamente pensó en él como en un negociante más. Siempre había envidiado esa forma que tenía de ser amigo de todas las personas, le parecía que tenía una habilidad inimitable para caer bien, para tratar a todos los estudiantes del colegio de manera que se sintieran como con un amigo. Trató de aprenderle algunas estrategias y eso le permitió conocer a  otras personas, pero lo más valioso fue que pudo acercarse y saber más de Mafe.

La abordó un día, durante el recreo, como si todo se diera casualmente, y empezaron a hablar de los profesores y de sus compañeros en el salón. Ella miraba hacía el campo de fútbol sin prestar atención a ninguno de los jugadores que corrían en la cancha, y hablaba concentrada, dándole valor y peso a cada una de las palabras que usaba. Él le contó que Johan y Germán estaban enamorados de ella. Ella se sonrió y le preguntó por ellos, porque no los conocía bien. Él, aunque no estaba en el mismo curso, había hecho algunas averiguaciones, le dijo que Germán era un tipo uraño que no hablaba con muchas personas, eso era cierto; pero luego exageró un poco sus defectos, quizá porque sabía que era atractivo y le molestaba que ella lo hubiera reconocido desde el momento en que él le dijo que ella le gustaba. Johan, por su parte, no sólo era todo menos bien parecido, sino que, además, tenía una personalidad mucho más emocional. Solía darle puños a las paredes del salón cuando algo no le gustaba y gritar quitándose la camiseta cuando metía algún gol con el equipo de fútbol del colegio. Ella le dijo que él, al parecer, era el más chismoso del colegio. Él se sonrió pero no le confesó que esas cosas le interesaban únicamente porque estaba enamorado de ella.

Con el tiempo siguieron hablando esporádicamente aunque nunca llegaron al punto de considerarse los mejores amigos. Eso sucedió porque él mismo no lo permitió, ya que ese fue el consejo que le había dado su mejor amiga, quizá su única amiga del colegio, Julieta. Con ella hablaban siempre mientras lo miraba con sus bellos ojos azules. Él la conocía desde segundo de primaría, y también había estado enamorado de ella por un corto tiempo, sin embargo, después se hicieron muy buenos amigos. Incluso parecían casi hermanos, aunque los hermanos no se tienen esa confianza y se pelean mucho más. Los hombres de Julieta no eran pocos y algunos le tenían celos, pero se las arreglaba para comportarse de manera que la mayoría, al final, lo trataba como un buen amigo de la familia.

Julieta fue quien le dijo que tenía que evitar hacerse amigo de Mafe y, además, fue ella quien le advirtió de la fama que tenía Camilo en el colegio. Eso incluso, ahora que lo pensaba mejor, había sido mucho antes de que Camilo le ofreciera la bolsa con pepas. Pero el orden cronológico exacto de todos los eventos, se le olvidaba algunas veces.

Mientras que él quería ser actor para salir en teatro —sobretodo en comedias— Julieta quería ser escritora.   Aunque unos años después del maldito incidente no había vuelto a saber nada de ella, aún se imaginaba qué podría haberle pasado, quizás estaba como él, habría cambiado de sueños por las circunstancias, o seguramente se había casado. Recordó que ella cuando estaba en el colegio no quería casarse y mucho menos tener hijos, la sola idea del embarazo le causaba repulsión y la hacía creer que las mujeres que se embarazaban merecían cierta compasión. Para la época en la que comenzó el incidente, ella estaba de novia con Irineo, un muchacho un poco molesto que nunca recordaba nada. Antes él solía conversar por tres o cuatro días con Julieta sobre el mismo tema, pero desde que Irineo los acompañaba usualmente necesitaban recuentos que hacían tedioso cualquier momento que compartían juntos. Por eso, y porque es molesto andar siempre con una pareja de novios por más distantes que sean entre ellos —le dijo una vez a ella sin reservas de ninguna clase—, dejo de frecuentar a Juli en el recreo.

II

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